25.06.2026 24.07.2026

Si yo soy el cadáver, debe haber un arma

No hay cuerpo en el sentido estricto, pero hay indicios suficientes para afirmar que algo ha pasado, que ciertas imágenes han reorganizado silenciosamente la manera de mirar y, con ello, la forma de desear. La pantalla no es un límite, sino un portal: un umbral de sobreexposición donde el impacto no golpea, sino que se pega. Puede que estemos ante un tipo de arma difícil de identificar, precisamente porque cumple con todos los requisitos para ser deseada.

Volver a las imágenes que marcaron la infancia no responde a la nostalgia, sino a la necesidad de ir al origen, de observar de cerca esas primeras formas que capturaron la atención. Al trasladarlas al plano físico, el gesto cambia: lo que antes solo se veía a través del cristal ahora se puede tocar. Los objetos ganan peso, ocupan espacio, ofrecen resistencia.

Podrían incluso hacer daño de forma literal —abrir una herida, dejar una marca— y entonces su condición peligrosa se haría evidente. El resultado es un conjunto de objetos que, pese a su apariencia amable y reconocible, funcionan como vestigios de una relación más compleja con la imagen: una escena sin cuerpo donde lo que atrae es justamente lo que cuesta dejar de mirar.

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